¿Cuál es el protocolo para cuidar de los docentes?

“La maestra es la segunda madre” se puede escuchar todavía. Madre, dulce, devota, sacrificada y así podría continuar varios renglones enumerando los atributos patriarcales que se le asignan al rol de la Maestra. Y no digo al rol docente porque al ala masculina del magisterio no se le asignan tan ambiciosas virtudes. ¿Quién no recuerda a algún maestro bohemio, gracioso, desordenado, gritón? ¡Ay!, pobre de la docente a la que le caigan en desgracia tales características, una descarriada del magisterio nacional. De esa forma es que se pasan décadas dedicadas a hacerle mejor la vida a tantos y tantos estudiantes, pero relegando siempre un poco de la suya, de lo que sienten realmente y de lo que realmente son.

Un maestro que no planifique o no tenga dominio de grupo es algo casi que esperable. Allí estarán las maternales directoras para comprender cada berrinche y justificar la falta de compromiso. Ahora, cuando una maestra pretende salirse un poco del modelo impuesto, caerán sobre ella, no sólo señalamientos de sus colegas, sino advertencias de sus superiores.

Al menos dos veces al año, los maestros y maestras reciben la visita “orientadora”, que meses después será evaluativa, de la inspectora. Cual niñas a punto de dar la clase, entre nervios y sobresaltos, maestras y directoras montan la mejor puesta en escena. Todo pronto para dar la clase frente al ojo crítico de la superior jerarquía. Si hicimos caso a mamá inspectora y a mamá directora: Sote Felicitaciones para la docente. -¿Cuántos niños pensas dejar repetidores? -Mmm, ¿tantos?, dejame evaluarlos… Luego de intercambiar dos palabras con ese estudiante que necesita un tiempo extra de maduración, llega el veredicto: “pasalo”. Los números cierran, los padres están felices, otra vez las maestras desvalorizadas por las propias autoridades.

Recordemos, como se menciono en anteriores entregas, que las maestras ni siquiera cuentan con cinco minutos (durante su jornada laboral) para salirse de esa atmósfera, demandante y ruidosa, y poder respirar profundo. La atención está destinada totalmente a uno y cada uno de esos niños y niñas: en clase, recreo, salida y parada de ómnibus. Si, en muchas escuelas las maestras se quedan unos minutos extras para esperar que todos los niños de la parada suban a sus correspondientes buses (coordinado desde la dirección de la escuela). Me da mucha curiosidad saber cuántos otros profesionales cumplen y suplen tareas que les corresponden a las respectivas familias de las personas con las que trabajan; sin contar las horas en el hogar que dedican los docentes para planificar y corregir.

Tengo que reconocer, con mucha tristeza, que el magisterio uruguayo está muy desvalorizado tanto desde la opinión pública, como desde el mismo sistema educativo. Poco reconocimiento, mucha exigencia, escaso salario, todas las críticas…

Una verdadera barriada

detintalimón

Las ramas crujen y las llamas van ganando altura. En medio de un gran barullo, una improvisada poda vecinal viene arrasando con los árboles más bajos. Un intenso olor a madera quemada es la señal. El fuego invita a los vecinos a encontrarse en las esquinas para ponerse al día con lo ya vivido y soñar con lo que vendrá. Este barrio brilla con luz propia.

Su nombre es un homenaje al primer obispo del país. Si bien es un Estado laico, ese detalle parece no haber impedido los honores; por el contrario, es motivo de orgullo para los católicos de la zona, que llenan cada misa dominical de la Parroquia San Antonino.

Aquí nacieron y crecieron reconocidos artistas nacionales, como el poeta Líber Falco, quien corría entre sus “ranchos de lata por fuera y por dentro de madera”, intentando alcanzar a esa “luna blanca, luna de Jacinto Vera”.

Hoy…

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¿Cuál es el protocolo para cuidar de los docentes?

Las nuevas formas de enseñar y aprender, que se generaron en este tiempo de cuarentena, han vuelto a colocar el foco de atención sobre la labor de los docentes y sus alcances. Frente al hecho de no contar con los centros educativos abiertos, por casi tres meses, maestros y profesores de todo el país debieron reinventarse y poner en práctica todo su potencial en pos de mantener el contrato didáctico con sus alumnos. Es así que el Plan Ceibal y la infraestructura desarrollada por este, se transformaron en el andamiaje necesario para cumplir dicho cometido. 

A pocas semanas de comenzado el año lectivo, los profesionales de la educación tuvieron que adaptar sus planes y metas educativas para este particular 2020. Amigarse con la tecnología, replanificar y crear atractivas formas de captar la atención de sus alumnos, por videollamada o mensajes, fueron algunos de los desafíos a los que se enfrentaron. Así fue que, a las responsabilidades laborales, se les superpusieron las tareas hogareñas y el cuidado 24/7 de sus propios hijos. Ese ratito de recreo donde los maestros tienen la libertad de respirar profundo y soltar las tensiones propias de esa atención constante que demanda el trabajo con niños, en casa no forma parte del plan. Si bien lo hemos escuchado muchas veces, y sin que suene a victimización, los maestros y maestras no cuentan con la mínima chance de tomarse cinco minutos para cambiar de aire, para fumar un cigarro, ir a comprar el almuerzo o hacer algún mandado para la empresa. No, para nada. Lejos de eso, les toca estar desde que ponen un pie en la escuela hasta que pueden volver a su casa porque ya no queda ningún niño por venir a buscar, en constante estado de atención o, la mayoría de las veces, de tensión. Saben a qué hora comienza su tarea, pero difícilmente sepan a qué hora termina. 

Planificar, corregir, preparar las clases, son tareas que llevan horas extras de trabajo en el hogar, cada día, todas las semanas. Y si alguien tiene para retrucar que los maestros tienen enero y febrero de vacaciones, le invito a que pruebe ejercer esta noble tarea por un día, suficiente tiempo para que valore la necesidad docente de contar con ese tiempo libre para cuidar de su salud mental y recargar energías para los desafíos del año que vendrá, desafíos que, por cierto, redoblan la apuesta año a año. 

Miles de maestros, diariamente, salen a enseñar llenos de esperanza y dedicación. Sin embargo, muchas veces al llegar a la escuela la realidad es muy distinta la planificada. Frente a estas situaciones el docente suspende su rol de facilitador del aprendizaje, para priorizar su lado más empático y comprensivo. La identidad de grupo se fortalece y genera el espacio propicio para la escucha atenta a ese compañero que cuenta que faltó ayer porque no tenía zapatos o aquella compañera que empieza a llorar en clase y expresa que fue violentada en su casa. Otras tantas veces, la actividad de clase es interrumpida abruptamente por la visita de esa madre o padre que, sin respetar norma alguna, va a increpar al maestro con tono desafiante y poca disposición para dialogar. Hacen parte de la realidad docente también, el hecho de atravesar media ciudad para llegar a trabajar a la escuela con todas las ganas y al llegar encontrarse con el aula vandalizada, las humildes bibliotecas desmanteladas y algún que otro vidrio roto por los visitantes nocturnos. El alma por el suelo, la frustración de muchos niños a flor de piel y el frío colándose por esa ventana. Es justo, pero no por eso menos doloroso, mencionar que no siempre los golpes al magisterio vienen desde fuera de la escuela…

Segundas partes pueden ser muy buenas

Suena la alarma. De nuevo la melodía implacable que pone en marcha la rutina. Cinco minutos más, diez, y ¡a correr! La túnica planchada y colgada cerca de la cama desde anoche. Una mezcla de ansiedad y sueño toman el control de los sentidos, el aroma a pan tostado y café con leche son la antesala para lo inevitable: la vuelta a clases. ¿Dejavú? Revisada a la mochila antes de salir; los dientes cepillados, blancos como esa túnica que hacía meses no se usaba, y que ahora queda un poco corta de mangas. El gorrito para el sol fue sustituido por el de lana; una bufanda tapa al nuevo accesorio: el tapabocas. De Nacional, Peñarol, Spider Man, no importa, lo que sea por volver a la escuela y estar otra vez con los amigos. Los recreos de mancha y juegos de manos quedarán para más adelante. Así como también habrá que ser paciente para ese alfajor comido a medias, o el chupetín que se dona después del hartazgo. 

Toca el timbre. En la puerta, padres que despiden a sus hijos, invadidos por una melancolía con toques de alivio. Otros niños, llegan solos y con toda la ilusión de regresar a ese espacio donde se sienten iguales a los demás, donde tienen a alguien que les demuestra interés, que los espera en ese espacio que quizás sea el único en el que son protagonistas: la escuela. 

Aplicados los protocolos, todos a clase. Los pasillos de la escuela huelen a sanatorio, el alcohol invadió con su inconfundible presencia todos los universos olfativos. El tomar distancia del compañero vuelve como practica escolar, ahora, con una justificación sanitaria, más que de orden. Las sensaciones son contradictorias. Alegría por el reencuentro, pero sin tanta efusividad, es decir, sin contacto. Nuevos hábitos que despiden, por ejemplo, al clásico “copiarle” al compañero de mesa o darse vuelta y encontrar una mirada cómplice para ponerse a conversar. Estamos otra vez juntos, pero separados. Distancia social le llaman los especialistas, ¿utópico que la practiquen niños y niñas a quienes todavía la sociedad no termina de alienar? Pues, creo que sí.  

¿Cómo hace esa niña que tanto necesito ese abrazo de la maestra, para no acercarse a demostrarle que para ella su lugar en el mundo es la escuela? Conociendo con propiedad el sentir de una docente que se involucra con sus alumnos con todo su ser (acercándoles más que simples conocimientos curriculares), para mí: otra nueva utopía. 

Tal vez, este sea un año para replantearnos tantos y tantos conceptos arraigados en nuestra idiosincrasia. Nuevo comienzo de clases, nueva oportunidad para repensar que tipo de ciudadanos estamos formando, que expectativas tenemos de ellos y de su futuro “exitoso”. De sobra ha quedado demostrado, durante este tiempo de cuarentena, que la familia es la socializadora primaria. Todo lo que se haga o no se haga en el hogar, enseña más que nueve o diez meses de año escolar. El ejemplo de cómo afrontar situaciones tan extremas como una pandemia, y sus repercusiones en todos los ámbitos de la vida familiar, han sido maestrías de vida para muchos niños. La manera en que ese niño o niña sintió la protección de su entorno, se hará carne en ellos. Aprender a que “el otro” es tan importante como yo, y por eso es necesario cuidarlo; salirse de la burbuja y reconocer que hay muchas personas en situación de desigualdad social, así como también, que la resignación de muchos de nuestros deseos inmediatos nos hará más fuertes y tolerantes frente a las frustraciones que nos tiene preparada la vida, son invaluables conocimientos, sin fecha de vencimiento. Puede ser que el año próximo, la maestra tenga que volver a explicar cómo hallar el área del círculo, qué más da, este año nos dio la oportunidad de alcanzar saberes más tangibles y perennes. Sería oportuno que padres y madres sacarán el máximo provecho de esta segunda vuelta a clases.  

Hoy comienza una nueva oportunidad para acompañar los procesos de aprendizaje de los niños, pero sin tanta presión, sin tanta ansiedad. Es momento de dejar de lado resultados y enfocarnos en el camino que nos conduce a avanzar, de atender a las necesidades y carencias emocionales de los alumnos, y no a como resuelven situaciones con problemas inventados. Es este un excelente escenario para que todo el sistema educativo haga una introspección y se replantee sus metas. Vale plantearse la siguiente interrogante: ¿seguimos formando seres para que sean la futura mano de obra de un sistema capitalista, que lo trata como mercancía? Vuelve a presentarse el fantasma de la utopía y nos cuestiona: ¿será posible desarrollar prácticas educativas que valoren las habilidades emocionales, por encima de las técnicas?  

Tenemos la oportunidad de formar mujeres y hombres que mañana tendrán mayor autoestima, respeto por los demás y su entorno, seres que logren conectarse con sus emociones, las identifiquen y den lo mejor de sí, para vivir en paz con ellos mismos y quienes les rodean. Cambiar el paradigma se vuelve fundamental en un mundo que no para de cambiar, la educación emocional debería atravesar todo acto educativo, formal y no formal. Para ello, es imprescindible la formación docente en esta materia, así como el apoyo de otros profesionales que aporten toda su experiencia. Del mismo modo, necesitamos un cambio desde las expectativas familiares. Esto no significa dejar de incentivar al niño para que aprenda y avance en sus conocimientos académicos, al contrario, supone complementarlo con el desarrollo y estímulo a la expresión de sus emociones. Priorizar la educación emocional nos permitirá contar en el futuro con seres que desarrollen una capacidad de autoconocimiento y autoconfianza, tan profundas que, más que alumnos sobresalientes, los convertirán en hombres y mujeres plenos, sabios, con más de una definición posible para la palabra éxito.

Algo más que un efecto colateral

Morir por causa del pandémico coronavirus podría catalogarse de hecho fortuito, pero morir por el hecho de ser mujer, lejos de ser un azaroso destino, es la consecuencia de la desigualdad de género que actúa desde las bases fundacionales de las relaciones humanas, y cuyo desenlace más trágico lo protagonizan los femicidios. 

En los últimos días, hemos sido testigos de una escalada de violencia a nivel social que, por momentos, corrió a la emergencia sanitaria del foco de la noticia. Sin embargo, la punta del iceberg de la violencia basada en género (VBG) se vislumbra entre los sombríos mares por los que navegamos en medio de esta pandemia, y las muertes de uruguayas por violencia doméstica dan muestra de ello. En efecto, desde que fue declarada la emergencia sanitaria, con sus exhortaciones al confinamiento, las denuncias formalizadas por violencia de género han disminuido, a diferencia del aumento que se viene registrando en las consultas telefónicas a la red de especialistas que el gobierno puso a disposición para atender a mujeres víctimas de violencia doméstica. Sabemos que este tipo de violencia no es el único del que son víctimas muchas uruguayas, sino que simplemente es otra de las caras de la violencia hacia las mujeres. 

Esta VBG, acompaña a muchas mujeres desde el momento mismo en que llegan al mundo. La mayoría de ellas, trazan trayectorias de vida que llevan el sello de esas situaciones de violencia a las que fueron expuestas. La ley N.º 19.580, de violencia hacia las mujeres basada en género, define a este tipo de violencia como: 

“(…) una forma de discriminación que afecta, directa o indirectamente, la vida, libertad, dignidad, integridad física, psicológica, sexual, económica o patrimonial, así como la seguridad personal de las mujeres”. 


De acuerdo al Observatorio de Violencia de Género en Uruguay, una de cada tres mujeres es abusada sexual o físicamente en su vida, siete de cada 10 sufre algún tipo de violencia basada en género, el 19,5% de las mujeres declara haber sido víctima de VBG en el ámbito intrafamiliar durante los últimos doce meses, previos a la realización de la última encuesta (noviembre de 2019). 

Marcha por el 8M, 2020.

Conviviendo con el enemigo

La situación de aislamiento en la que nos ubica la pandemia del coronavirus SARS-CoV-2, expone a las mujeres víctimas de violencia a padecer una convivencia extendida con su victimario, justificada por un supuesto resguardo sanitario. De este modo, el contacto con el agresor se vuelve una bomba de tiempo que las tiene en vilo, no sólo a ellas, sino también a sus hijos. Las cuatro paredes de la casa se convierten así en el calabozo más sordo y oscuro que hayan conocido. En estos meses de aislamiento, ni  siquiera la intervención de las redes de contención social, como los centros educativos, están a disposición para escucharlas. La directora del Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres- MIDES), Mónica Bottero, al referirse a las medidas adoptadas desde el Estado para prevenir el incremento de los casos de violencia de género e intrafamiliar, señaló:

“Hay miles de uruguayos que corren riesgo de vida por las medidas de aislamiento. Para muchas mujeres y niños, el hogar es el lugar donde están más expuestos”. 

Nuevas medidas, misma normalidad

Con respecto a las acciones tomadas por el gobierno frente a esta intensificación de violencia hacia las mujeres, se están desarrollando acciones que abarcan desde una campaña de sensibilización, protocolos para el personal de la salud, compra de tobilleras electrónicas, hasta un aumento de la coordinación con el Poder Judicial; además de reforzar la atención telefónica de las líneas gratuitas de denuncia de violencia basada en género 0800 4141 y *4141. 

Si bien podemos ver que existe un sistema de contención institucional, que se intensificó durante esta situación de emergencia, no parecen ser suficientes las medidas adoptadas, ya que los intentos de femicidio, así como los femicidios concretados, no logran erradicarse. De esta forma quedó tristemente evidenciado, el pasado fin de semana, cuando todo el Uruguay se horrorizó ante la noticia de la muerte de una madre octogenaria en manos de su hijo, la de dos hijos menores en manos de su padre y un nuevo caso de femicidio.

La anteriormente citada ley N°19.580, promulgada en nuestro país en diciembre de 2017, define en su sexto artículo al femicidio como “la acción de extrema violencia que atenta contra el derecho fundamental a la vida y causa la muerte de una mujer por el hecho de serlo, o la de sus hijas, hijos u otras personas a su cargo, con el propósito de causarle sufrimiento o daño”. Y es que a la emergencia de tipo sanitaria debemos sumarle otra emergencia: la que tiene a tantas mujeres como víctimas de una violencia machista que las llevará a la muerte. Pero esto no es de ahora, no podemos achacarle esta triste realidad únicamente a la actual situación de confinamiento. Una investigación realizada en el marco de un convenio entre la Intendencia de Montevideo y el Ministerio del Interior durante 2109, denominada Femicidios en Uruguay. Categorización y homogeneización, confirmó que el 70% de las mujeres asesinadas convivían o habían convivido con su femicida; de hecho, en el 69% de los casos analizados el femicidio ocurrió en el lugar donde la víctima vivía o compartía con el femicida.

Son innegables las nefastas consecuencias que esta pandemia está teniendo en nuestro país y en el mundo: la evidencia de la existencia de desigualdades sociales de todo tipo; la protección de las economías que, en varios países, son más valoradas que las vidas de sus ciudadanos, con millones de personas que al no tener acceso al sistema de salud, no entran en la categoría de “salvables”; otros tantos  millones afectados por el desempleo y la falta de apoyo social, están luchando por sobrevivir a la amenaza del hambre. 

Estamos ante una realidad nunca antes experimentada por muchos de nosotros, los pasos que el gobierno va tomando son cortos y con contramarchas, aún no es posible pintar un futuro panorama, hay más dudas que certezas  e inmersos en nuestro contexto nacional, invadidos por una profunda preocupación, cabe preguntarse : ¿qué lugar en la lista de prioridades ocupará el problema  de la violencia basada en género? 

Y es que esta coyuntura inesperada, a la que el mundo entero se enfrenta, pone en evidencia desigualdades que existen desde siempre, pero que evidentemente se hicieron más notorias en la actualidad, no sólo en Uruguay, sino a nivel de la región. Para poner en contexto, según cifras recopiladas por el Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe (OIG), de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe(CEPAL), hacia 2018 la cifra de mujeres asesinadas por el solo hecho de ser mujeres superaba las 3.800. La OIG destaca la necesidad de conocer y abordar la situación de las mujeres rurales, indígenas, afrodescendientes, migrantes, adolescentes y jóvenes, entre otras, y el conjunto de barreras que deben sortear para lograr la autonomía.

 La tarea no es sencilla, la violencia de género es un problema social crónico, construido y sostenido por los hilos de los llamados nudos estructurales. No basta con reconocerlos, sino que tenemos que intensificar los esfuerzos por desatar estos lazos que no hacen otra cosa más que propiciar la desigualdad de género en la región: la desigualdad socioeconómica y la pobreza; los patrones culturales patriarcales, discriminatorios y violentos y la cultura del privilegio; la división sexual del trabajo y la injusta organización social del cuidado, y la concentración del poder y las relaciones de jerarquía en el ámbito público. 

¿Qué podemos hacer desde nuestras trincheras para ayudar a vencer estas desigualdades? 

“Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo” 

Marcha por el 8M, 2020.

Así reza la frase del siempre vigente Eduardo Galeano, quien nos enseñó esta, y otras tantas formas de creer en nuestras utopías. Aunque parezca diminuto, mi aporte a la causa, sumado a tu aporte y al de tantos otros que sueñan con un mundo más justo, se convierten en una fuerza transformadora de valor inconmensurable. Tenemos la responsabilidad ciudadana de denunciar cualquier tipo de situación de violencia de la que tengamos sospecha o evidencia, pero más allá de actuar sobre el hecho consumado, tenemos que contribuir al desarrollo de una sociedad más justa para las mujeres. Para ello, la educación y el cambio cultural son herramientas fundamentales. En menor o mayor grado, todas las mujeres hemos vivido alguna situación de violencia, sólo por el hecho de ser mujeres. Cientos han sido calladas, pero las que tenemos vida, tenemos la responsabilidad de frenar esta violencia basada en género. Somo hijas, madres, hermanas, esposas, amigas, profesionales, y en cada uno de nuestros vínculos debemos cuidarnos de no reproducir esa cultura machista que atropella nuestros derechos y libertades. Cultura que así como llevó siglos construir, llevará tiempo deconstruir. Será una tarea intensa, con muchas mártires dejando su último aliento en el intento de pelear por su libertad. Por las que ya no están, por las que estamos y las que estarán, hombres y mujeres, tenemos que erradicar todo tipo de violencia, sin dudas, pero tomar especial conciencia de que no podemos seguir naturalizando actos de discriminación y desigualdad hacia las mujeres que, llevados a su extremo, provocan esta triste consecuencia de que nos estén matando. 

Salud emocional de niños, niñas y adolescentes confinados

«El estrés es la tensión que hay entre “lo que es” en este momento, y tu imagen de lo que “debería ser”».

Jeff Foster

Así define este escritor y maestro espiritual inglés, a dicho estado de cansancio mental. Considerando que la emergencia sanitaria ocasionada por la Covid-19 ha impactado tan intempestivamente en nuestras vidas, sería totalmente comprensible sentir que perdimos el control, que las cosas no son como las planificamos. El estrés no discrimina lugar, sexo ni edad.

De un momento a otro, las rutinas familiares se transformaron: padres y madres teletrabajando; escolares y liceales conectándose a internet, ahora no sólo para entretenerse, sino también, para poder seguir el contacto con sus docentes y pares. A medida que las semanas pasan, nos invade la sensación de que somos malabaristas intentando dominar tantas tareas que se superponen en un mismo espacio: trabajo, hijos, escuela, casa. Por un lado, nos encontramos con padres y madres que perdieron el norte, en lo que respecta a la puesta de límites a sus hijos, fijación de horarios y rutinas. Simultáneamente, observamos la dificultad de niños y adolescentes para transitar este confinamiento lejos de la ansiedad y el estrés. Y es que al riesgo sanitario al que, tan democráticamente, nos expone este virus, debemos sumarle las consecuencias que la incertidumbre reinante imprime en nuestra mente, y en la de nuestros hijos.  

Debemos tener en cuenta que una de las consecuencias provocadas por la cuarentena, es el desarrollo inconsciente de conductas poco saludables en algunos niños y adolescentes: situaciones de enojo, inquietud desmedida, dolencias físicas (no preexistentes) e inseguridades emocionales. De este modo, una realidad nunca antes vivida por la mayoría de nosotros pone a prueba nuestra capacidad de adaptabilidad.

En consecuencia, el aumento del nivel de estrés en muchos hogares es una realidad que afecta a todo el núcleo familiar, pero es tarea de los adultos acompañar a los más pequeños en esta particular situación, y continuar garantizando el desarrollo integral del niño. Así pues, esta situación de confinamiento, es una situación de adaptación para todos, ya que todo cambio que tenga lugar en nuestra vida implica, al principio, una pérdida de equilibrio.

El coronavirus nos encontró, hace sólo algunas semanas, distraídos con nuestra vida rutinaria. Sin embargo, nos enfrenta hoy al reto de mantener el orden en nuestro hogar, y a nuestros hijos, saludables y ocupados. Teniendo en cuenta los aportes del Dr. Ariel Gold y la Lic. Alicia Gómez en su libro Psicoeducar I, debemos comprender que el desarrollo psicosocial del niño transita a lo largo de diversos ejes. De este modo, se vuelve fundamental aunar esfuerzos y coordinar acciones entre los diferentes actores involucrados en ese proceso, para garantizar dicho desarrollo. 

Portada de Psicoeducar I, Ed. Planeta, 2015.
Portada de Psicoeducar 1, Ed. Planeta, 2015.

¿Qué podemos hacer desde casa para bajar el estrés de nuestros hijos? 

Como maestra, he vivido diferentes situaciones de crisis emocionales en el aula. Fueron innumerables las jornadas escolares que iniciábamos con la contención de algún compañero que llegaba a clase con la vivencia de haber perdido algún familiar, la separación de sus padres o una situación de violencia en el hogar. Algunos niños logran verbalizar e identificar los sentimientos que los invaden, otros, sin embargo, expresan su sentir a través de conductas disruptivas que tenemos que detectar y asertivamente modificar. ¿A qué viene todo esto? A que comprendamos que esos cambios de comportamiento en nuestros niños y adolescentes, requieren de nuestra completa atención y acción. Actitud proactiva en todo momento es nuestro lema. 

Mantener rutinas 

Para comenzar, necesitamos despertar en los niños el sentido altruista de cumplir con esta cuarentena. Así, al favorecer el desarrollo de la empatía, logramos disminuir el estrés que genera el confinamiento e incrementamos su nivel de aceptación de la situación: «nos cuidamos entre todos» . Además, les brindamos herramientas para hacer de este, un período de aprendizaje.

Sabemos que la adquisición de hábitos permite al niño sentirse seguro, principalmente a edades tempranas. Si bien es cierto que los escenarios cambiaron y todo sucede en nuestros hogares, es aconsejable seguir ciertos patrones de horarios y rutinas, para que en el niño se reduzca el impacto que provoca esta situación de «nueva normalidad». 

Es importante tener en cuenta que debemos agregar cierta cuota de flexibilidad a dichas rutinas, que sirvan como guía, sin convertirse en algo estructurado. Es decir, que estén presentes, pero que no se conviertan en nuevos estresores para nuestros hijos. Nuestra tarea es administrar ese estrés que, aunque no lo queramos, es inevitable. Para ello, además de continuar desarrollando ciertas tareas en sus horarios habituales (despertarse, comer, estudiar, acostarse, etc.), tenemos que planificar otro tipo de actividades que involucren a la familia desde lo lúdico, y desde lo emocional. Crear juegos, compartir momentos de esparcimiento, de diálogo, suman a la hora de reducir el estrés en casa. 

Hora de amigarnos con las pantallas 

Todos sabemos que la batalla entre padres e hijos, por el uso que estos últimos hacen de los dispositivos electrónicos a los que tienen acceso, es diaria e intensa. El Dr. Gold habla de las pantallas como las «enemigas del sueño», y es que la ciencia coincide en afirmar que las pantallas generan inhibición de la melatonina, principal activadora del sueño, lo que repercute negativamente en las funciones cognitivas y de autorregulación. Pero, como ya hemos comentado más arriba, estamos en un momento de adaptación, y aceptar las pantallas como aliadas en nuestra misión de llevar calma al hogar, puede hacernos más fácil la tarea. Hablamos no de prohibirlas, sino dosificar su uso. En este momento de crisis debemos dejar de verlas como enemigas, sin perder de vista el riesgo de dependencia que generan en sus usuarios. 

Es necesario comenzar por identificar las ventajas que estos dispositivos nos proporcionan para sobrellevar el confinamiento. A modo de ejemplo, favorecen la interacción de los niños con sus pares y con los docentes. A esto podemos sumarle, la estrategia de utilizarlas como premio que se otorga a cambio de una tarea realizada. Aquí la palabra clave es negociar.

Eso sí, prediquemos con el ejemplo y hagámonos cargo de nuestra relación con estos tentadores aparatitos. Los niños aprenden más de nuestras acciones, que de nuestras palabras. Asimismo, con el fin de reducir la ansiedad que despierta esta situación de incertidumbre mundial, intentemos no dedicar en el hogar más tiempo del necesario a compartir información sobre la pandemia, ya que esto no hace más que elevar los niveles de estrés, y verifiquemos que la información que decidamos compartir sea responsable.Vale la pena decir que si la peocupación en el hogar por este tema es notoria, estaremos muy lejos de llevarles tranquilidad a los niños.Debemos estar atentos a qué saben y qué necesitan saber, evitando sobrecargarlos de información

En definitiva, estamos viviendo tiempos de cambios y adaptaciones, tanto padres como hijos. Hagamos el ejercicio sanador de aceptar las imperfecciones a las que nos enfrenta esta realidad, y pidamos ayuda si es necesario. Ninguno de nosotros fue preparado para vivir una situación tan desequilibrante como la actual. Desde el rol que nos toque desempeñar, favorezcamos la regulación de las emociones, primero nuestras, y luego las de nuestros niños y adolescentes. Compartamos nuevas experiencias familiares, desarrollemos acciones que estimulen la empatía y permitan reconocer y dominar el estrés. Vamos a permitirnos, por el tiempo que la escuela esté cerrada o en línea, relajar un poco los límites que generalmente ponemos en casa. Podemos explicar a nuestros hijos que esta es una situación única, con el fin de que perciban que estos cambios son circunstanciales. Por nuestra parte, debemos comprender y aceptar que ya habrá tiempo para restablecer los límites cuando la vida vuelva a la normalidad. 

La educación encuarentenada: ¿un año perdido?

El confinamiento obliga a los alumnos a ausentarse físicamente de los centros educativos. Las familias adquieren otra dimensión en los aprendizajes de sus hijos, pero no todas cuentan con las mismas herramientas para ese rol; los docentes ponen a prueba su capacidad de adaptabilidad y de atención a la diversidad. Mientras tanto, llevamos casi dos meses viviendo esta realidad, y la ansiedad por sus posibles consecuencias en los aprendizajes de los alumnos viene en aumento.

Por Gabriela Vecchio

La pandemia provocada por el altamente contagioso coronavirus, descubierto hace apenas unos meses y causante de la enfermedad COVID-19, tiene a 4600 millones de personas confinadas en el mundo. El avance del conocimiento científico sobre este virus y la infección que provoca es muy lento. Se trata de un aprendizaje diario, caso a caso, pero que permite afirmar que la población más vulnerable frente al virus es la de los mayores de sesenta y cinco años, siendo los niños los menos afectados. Con el objetivo de evitar el contagio, y al no existir aún una vacuna que nos proteja de esta enfermedad, la Organización Mundial de la Salud propone seguir una serie de recomendaciones. La mayoría de los gobiernos del mundo adoptó como medidas adicionales: el distanciamiento social y el confinamiento en el hogar.

El aislamiento forzoso o voluntario, dependiendo de las decisiones de cada gobierno, es conocido en medicina como cuarentena. Adultos y niños estamos viviendo tiempos de cambios y sentimos vulnerada nuestra «normalidad», en cuanto a rutinas se trata. El trabajo, el entretenimiento, la salud, la educación, la vida familiar; ninguno de estos aspectos logró escapar a las transformaciones a las que los somete esta situación de emergencia. Es así que, por ejemplo, los centros educativos de todo el mundo cerraron sus puertas para que el virus no pasara, millones de alumnos y alumnas continúan sus trabajos escolares desde el hogar, a través del uso de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TICs).

¿ Estaba la educación uruguaya en condiciones de enfrentar una emergencia de tal magnitud?

En primer lugar, hay que destacar que ante la aparición de los primeros casos positivos de COVID-19 en Uruguay, las autoridades tomaron como medida preventiva el cierre de los centros educativos de todo el país. De este modo, unos 647000 estudiantes de educación primaria y media debieron abstenerse de concurrir a clases presenciales, y continúan hoy los cursos a través de internet.

Vale la pena agregar que una de las herramientas que facilita la implementación de esta nueva modalidad educativa, es el hecho de que desde el año 2007 Uruguay desarrolla un plan socioeducativo caracterizado por ofrecer conectividad educativa de informática básica para el aprendizaje en línea, conocido como el Plan Ceibal. Desde su concepción, fue presentado como un plan de inclusión e igualdad de oportunidades para lograr que niñas, niños y adolescentes desarrollen su potencial de aprendizaje, creatividad y pensamiento crítico, como ciudadanas y ciudadanos del siglo XXI.

De este modo, vemos que el terreno estaba listo para la implementación de aprendizajes a distancia, no obstante sería oportuno preguntarse: ¿están dadas las condiciones necesarias para que todos los alumnos obtengan el máximo provecho de estas tecnologías y puedan hacer frente a los desafíos de aprender en otro contexto que no sea el aula?

Frente a las adversidades, no todos pueden ponerse bajo resguardo

Por más que el Plan Ceibal asegure la conectividad y la tenencia de un equipo portátil a todos los alumnos de la educación pública, las realidades de los alumnos son muy diferentes entre si. Existen hogares donde, por ejemplo, no se cuenta con total alcance de dicha conectividad o los equipos están rotos y no pueden ser reparados, lo que obliga al alumno a esperar para poder acceder a algún tipo de dispositivo que le permita conectarse a su aula virtual.

Otro punto es la posibilidad de contar con el apoyo de adultos en casa. Está claro que quienes pueden se quedan en sus hogares, quienes no, intentan seguir con su antigua normalidad. Millones de personas en el mundo sufren los efectos de esta crisis que, no sólo es sanitaria, también es económica. Algunos tienen la fortuna de poder cuidarse y teletrabajar, mientras que otros no tienen más remedio que salir a darle pelea al virus en la calle, en el ómnibus, en su espacio laboral. Todavía más dura es la realidad de aquellos trabajadores que están haciendo uso del seguro de desempleo, o que directamente fueron despedidos.

Sin lugar a dudas, esto repercute en las posibilidades de esos padres y madres de acompañar positivamente el proceso de aprendizaje de sus hijos. Aún aquellos padres y madres que pueden teletrabajar, viven a diario las dificultades de la superposición de esta tarea con las actividades propias del hogar, por consiguiente, las tareas escolares no siempre pueden ser priorizadas.

La realidad docente

Maestros y profesores, por su parte, están rompiendo prejuicios, venciendo limitaciones y perfeccionándose en la educación en línea, a través de las plataformas que el Plan Ceibal tiene diseñadas. Preparan contenidos con el objetivo de construir aprendizajes con sus alumnos, a través de una pantalla y a la distancia. El rol docente nunca había sido tan cuestionado como hoy: ¿que enseñar?, ¿para qué y cómo?, ¿quiénes y qué aprenden?.

Asimismo, sienten que a la labor docente se le suman nuevas demandas, por un lado, la de las familias, en cuanto a periodicidad y calidad de las tareas propuestas, por otro, la presión que ejercen las autoridades de la educación para optimizar al máximo el alcance de las metas educativas planificadas para este año.

Se vuelve fundamental deconstruir el tradicional y protagónico rol del docente, aquel que lo colocaba exclusivamente como transmisor de conocimientos, a través de magistrales clases presenciales. En este espacio de virtualidad, hay que tener en cuenta que la concentración se logra por tiempos más cortos, los ritmos de aprendizajes son distintos, por lo que las propuestas de aprendizaje deben adecuarse, tal como advierte Carina Lion, investigadora y profesora universitaria argentina. Con respecto a los procesos de enseñanza-aprendizaje a través de internet, Lion afirma: «una cosa es el mejor medio y otra es la realidad». Reconoce las ventajas de contar con estas herramientas de educación a distancia, pero cree que la realidad de cada alumno es diferente y esto repercute en sus posibilidades de aprender, ya que la brecha digital profundiza la brecha social, a lo que agrega:

«…en la coyuntura que estamos viviendo, hay que buscar nuevos espacios de acercamiento, entender dónde están los estudiantes, cómo están pasando».

Continuando con esta línea de pensamiento, es fundamental que la educación formal adapte el modelo educativo y pedagógico a la actual realidad de los alumnos. Lo más importante es atender esas diferencias con mayor compromiso que antes, para seguir la lucha por no profundizar las desigualdades, sino, por el contrario, hacer de la educación un derecho para todos y todas. En definitiva, tal y como lo plantea el escritor francés Phillipe Meirieu:

« “hacer escuela” no es proclamar la igualdad de oportunidades, sino luchar por la igualdad del derecho a la educación».

¿ Cómo «hacer escuela» sin estar en la escuela?

La coyuntura global actual nos obliga a interpelar los propósitos educativos que se plantean en el aula presencial. Antes que nada, surge el desafío de llevar a la virtualidad el contrato que tácitamente queda firmado en el aula por cada uno de sus protagonistas, ese que nos hace sentir que estamos construyendo un espacio educativo compartido, donde la palabra tiene un valor insustituible, y el bien de uno se convierte en el bien de todos, donde se siente el apoyo y la presencia del otro.

La escuela tiene como obligación unirse y estrechar lazos de confianza con aquellas familias que, por diferentes razones, se encuentran más alejadas. Me hago eco de las palabras de Mierieu al plantear que no enseñamos cuando pretendemos llenar tiempos libres o mantener a los niños ocupados. En cambio, el verdadero desafío a la hora de enseñar es aunar esfuerzos para mantener el contacto con el mayor número posible de estudiantes, de manera regular y colectiva, profundizando y adaptando la enseñanza a las necesidades de cada persona. En pocas palabras, la razón de ser de la educación en línea no debería ser el desarrollo de interminables y estresantes tareas en casa para su posterior corrección por parte del docente. Existen elementos más enriquecedores entre sus cometidos, por ejemplo, el de favorecer una figura del docente como acompañante de nuestros estudiantes en todo su proceso de aprendizaje, estimular el trabajo en equipo entre docentes, familias y estudiantes, y contribuir a que sean ellos responsables de sus propios procesos de aprendizaje.

Así pues, se vuelve fundamental bajar los niveles de ansiedad y evitar estresar a los niños más de lo que la propia emergencia sanitaria lo hace. Esto es, ante un alumno que presenta grandes dificultades, de poco sirve aumentar la presión e imponer siempre «más de lo mismo» con la esperanza de que logre el objetivo buscado. Este empeño termina por ser contraproducente para los alumnos que necesitan otro tipo de apoyo, finalmente, proponer no «más de lo mismo», sino «algo más», tal como propone Phillipe Meirieu.

Simultáneamente, es necesario que a la hora del trabajo con los docentes, los padres que tengan la posibilidad de estar en el hogar, participen en la creación del ambiente más favorable para el trabajo. Además, es recomendable que las familias compartan otro tipo de actividades educativas con sus hijos, como cocinar, pintar o leer por placer. Teniendo en cuenta todo lo anteriormente mencionado, estamos en condiciones de afirmar que padres y madres tienen hoy una oportunidad única de reflexionar acerca de lo que están descubriendo sobre la forma que tienen sus hijos de relacionarse con el conocimiento y, de este modo, hacer una autocrítica sobre su rol como facilitador u obstaculizador del desarrollo de las potencialidades del niño.

Lo que la pandemia nos dejó

Ni los más habilidosos visionarios anunciaron que el mundo viviría una situación como la que nos sorprendió a todos en este 2020. De un día para el otro, nuestros hábitos, seguridades y planes sufrieron diversas transformaciones. Por su parte, los niños no quedaron al margen de esta realidad, el confinamiento de estos últimos meses será sin dudas una experiencia que quedará en sus memorias. Nuevas maneras de encontrarnos, de estar sin tocarnos, de ser un colectivo más allá de la presencia física. Mucho autoconocimiento o autodesconocimiento, la incertidumbre a cada minuto y la pregunta del millón: ¿qué pasará después?

Nos toca reinventarnos, poner a prueba nuestra fortaleza, descubrir qué somos y cómo somos cuando no corremos atrás de una rutina, cuando tenemos tiempo para no poder usar su falta como excusa, para extrañar las cosas que dábamos por descontado que estarían siempre en el mismo lugar, pero que ya no.

En cuanto a lo que refiere a la educación, cuyo fin último sabemos que es el desarrollo integral del individuo, debe encargarse de preparar a ese nuevo ser humano que en un futuro no muy lejano surgirá. Esta pandemia pone en evidencia el hecho de que en el proceso de enseñanza-aprendizaje, la figura del docente junto al apoyo familiar son insustituibles, ya que la tecnología por si sola no es suficiente para construir aprendizajes junto a los alumnos. El aprendizaje debe atender a la diversidad, crear nuevos espacios donde los currículos homogéneos y estrictos no puedan tener lugar en nuestros centros educativos. El alumno puesto en el centro del proceso educativo, acompañado de un docente que acompañe y facilite el andamiaje de los saberes, son las claves para una educación igualitaria. Este nuevo tiempo que a muchos nos obliga a parar, nos brinda, a su vez, la oportunidad de pensar en un nuevo paradigma sobre la educación, el rol docente y el rol alumno.

En conclusión, si logramos reconocer las oportunidades que se esconden en medio de tantas dificultades y capitalizamos las reflexiones y enseñanzas que este confinamiento nos propone, podemos decir que el tiempo no se nos fue, sino que fue aprovechado. Ganamos en tiempo de calidad, en acercamiento a la realidad de cada alumno y en el desarrollo de prácticas reflexivas enriquecedoras para el quehacer educativo. Es un año para poner el foco de atención en otras prioridades, atender exclusivamente a la evaluación de conocimientos académicos, y no de procesos personales y colectivos, nos pondría en el lugar de reproductores y no de constructores de conocimiento. Si lo pensamos desde la individualidad, es válida la sensación de sentir que los alumnos corren riesgo de perder el año, pero si lo analizamos desde la perspectiva de la construcción colectiva , el 2020 será un año ganado para la educación uruguaya.

Covid-19: ¿todos iguales ante la misma amenaza?

Desde el arranque, este comienzo de década ha dejado al descubierto nuestra humana vulnerabilidad frente a un enemigo tan microscópico como artero.

El nuevo integrante de la familia de los coronavirus, el recientemente descubierto SARS-CoV-2, es el causante de la enfermedad llamada Covid-19. Esta enfermedad se convirtió en pandemia, término que muchos no habíamos vivenciado aún, pero tan democrático y astuto que hoy tiene en jaque a toda la humanidad.

¿Qué es la Covid-19?

Tanto el nuevo virus, como la enfermedad, eran desconocidos por la comunidad científica hasta el inicio del brote en Wuhan (China) en diciembre de 2019.

Se trata de un virus que se contagia fácilmente de persona a persona, a través de las gotas que se expulsan cuando estornudamos, tosemos o hablamos. Al ingresar a nuestro organismo, este coronavirus provoca la enfermedad denominada Covid-19.

Es necesario estar atentos a los siguientes síntomas, principalmente después de haber estado en contacto con una persona infectada: fiebre mayor a 38°C y síntomas respiratorios (tos seca, dificultades para respirar).

De acuerdo a lo agudo del cuadro clínico, la infección por causa de este coronavirus puede causar neumonía, insuficiencia respiratoria, insuficiencia renal e incluso llevar a la muerte.

¿Cómo enfrentamos a esta amenaza global?

La Organización Mundial de la Salud (OMS), sugiere una serie de medidas de prevención que van desde la reducción de la exposición a posibles casos confirmados, a acciones más específicas como una higiene profunda de manos y cubrir la nariz al toser y estornudar.

La vacuna contra el nuevo coronavirus aún no está disponible, y cuando esto suceda las disputas por su acaparamiento serán noticia, así como tampoco hay todavía un tratamiento específico para la enfermedad que causa. La única forma que tenemos de dar batalla es con la prevención y no debemos escatimar en esfuerzos, ya que las cifras referidas a las enfermedad no dan tregua. Van 1.631.310 casos confirmados con Covid-19 en el mundo, cifra que aumenta diariamente, desde el comienzo de esta crisis sanitaria. Estados Unidos encabeza hoy el ranking de países con mayor número de personas infectadas. Con respecto a los fallecimientos derivados de este virus, suman ya 98.401 a nivel mundial, siendo Italia el país más afectado, seguido por España y Francia.

¿Todos iguales ante un mismo enemigo?

En estos tiempos de confinamiento obligatorio, de “cuidarme para cuidarte”, es común darle un toque romántico a la realidad, aunque en el fondo esté golpeando de manera más dura y con mayor distanciamiento del resto, a aquellos que viven en condiciones de desigualdad.

Hablando en términos científicos, todos somos potenciales víctimas de este virus. Sin embargo, las personas mayores de 65 años o aquellas portadoras de enfermedades crónicas o sistemas inmunes debilitados son consideradas población de riesgo, ya que son más propensas a cursar cuadros graves, pudiendo llegar incluso a la muerte.

Pues bien, si lo analizamos desde la perspectiva socioeconómica, sabemos que el mundo entero fue igualmente sorprendido por esta pandemia, pero pocos son los países que pudieron dar respuesta inmediata a esta situación.

Es tristemente real el hecho de que no todas las naciones cuentan con recursos económicos y humanos suficientes para dar batalla a esta emergencia sanitaria. Las posibilidades de testeos masivos y de desarrollar efectivas medidas de cuidados para la población quedan supeditadas a frías cuestiones de presupuesto nacional. A esto se suma el colapso del mercado de los equipos de protección personal como mascarillas, guantes y pruebas de diagnóstico. Por este motivo, la OMS está trabajando activamente para que los países más necesitados cuenten con insumos suficientes y garantizar que los trabajadores y trabajadoras de la salud puedan desempeñar sus labores de forma segura y eficaz, para salvar vidas.

Sabemos que la salud es el valor más preciado que tiene todo ser humano, pero no podemos olvidar, que ya desde antes del desencadenamiento de esta situación, el mundo giraba siendo cómplice de otro enemigo, mejor dicho, una amiga para pocos y enemiga para muchos: la desigualdad social.

El coronavirus podría aumentar la cifra de personas que viven en situación de pobreza, ya que estas poblaciones más vulnerables cuentan con muy poca capacidad de enfrentar aspectos sanitarios o socioeconómicos relacionados a esta crisis. A la inseguridad alimentaria a la que se enfrentan, por causa de los conflictos armados, países como la República Democrática del Congo y Sudán del sur; la crisis alimentaria ocasionada por la sequía que trae el cambio climático, en regiones como América Central; las crisis económicas en Venezuela, Haití, Pakistán y Zimbabwe; este 2020 le sumó el impacto de una pandemia.

De acuerdo a una proyección realizada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Programa Mundial de Alimentos (PAM), unos 265 millones de personas podrían sufrir de hambre este año, unos 130 millones más de los que ya lo venían padeciendo. Alrededor de 2700 trabajadores de todo el mundo, un 81% de la mano de obra mundial, están siendo afectados por las medidas de confinamiento, de acuerdo a un estudio de la Agencia de Noticias EFE. Esta es considerada la peor crisis del mercado laboral desde la Segunda Guerra Mundial, declara la Organización Internacional del Trabajo (OIT), además, la entidad estima que 1250 millones de trabajadores corren riesgo de ser despedidos o perder sus salarios.

Aún más oscuro es el panorama para las mujeres. Las desigualdades de género no descansan en medio de esta catástrofe mundial, sino que se profundizan. Se hacen más visibles todavía en aspectos como el empleo y los cuidados. En base a una investigación realizada por la Facultad de Ciencias Sociales, a cargo de la socióloga Karina Batthyany, las medidas de confinamiento impactan de diferente forma en los sectores de la población. Mientras algunas personas pueden “quedarse en casa”, otras tienen dificultades para compatibilizar las tareas de cuidados y teletrabajo, o se quedaron sin trabajo e ingresos económicos. Este estudio ratifica que, como en toda crisis, la peor parte se la llevan las mujeres. Numerosos casos demuestran que los cuidados de familiares son un obstáculo para aquellas que están obligadas a seguir trabajando fuera de sus hogares, sin abuelos a disposición, centros educativos o niñeras. La COVID-19 promete volver más pobres y vulnerables a las mujeres, pudiendo agravarse , como de hecho está sucediendo, las situaciones de violencia basada en género y también la violencia doméstica contra niñas y niños.

La actual coyuntura mundial nos lleva a tener más tiempo para reflexionar y cuestionarnos sobre estas desigualdades preexistentes, que van desde las que visualizamos en nuestros entornos más próximos, a aquellas enquistadas a nivel global. Frente a esta realidad debemos aunar criterios para que el Estado logre paliar lo más equitativamente posible dichas desigualdades, dejando de lado grietas y diferencias del orden del pensamiento político partidario. Algunas preguntas quedan planteadas, sin respuestas exactas, al menos en lo inmediato: ¿Qué señales debe dar el Estado hacia el mercado laboral? ¿Cómo actúan los empleadores frente a las exigencias de cuidados que enfrentan mujeres que teletrabajan o salen de sus hogares para trabajar? ¿Es posible hallar un equilibrio entre la seguridad sanitaria de la población y la continuidad del normal desarrollo del aparato económico en países como Uruguay?

Se le tue radici ti chiamano, vai!

Y un día llegué al paisaje que imaginé por cuarenta y un años…

Quien haya tenido la dicha de disfrutar de unos nonnos, sabe de lo que hablo. Cada palabra escuchada, cada anécdota magnificada, cada nostalgia que se colaba en esos recuerdos que escuche por tantos años, todo, todo estaba delante de mi.

De Roma a Salerno, de Salerno a Agropoli y desde la estación de buses un taxi que no teníamos certeza de que haya entendido nuestro pedido de venir a buscarnos. Subir esa montaña nos llevó casi media hora, gracias a esta taxista del pueblo, que llegó en punto y era de las pocas  que sabía el camino.

Es difícil describir lo que iba sintiendo en esa travesía, cada piedrita, cada hoja de la abundante vegetación, cada casa de lugareños que encontrabamos a nuestro paso, todo era motivo de emoción, de asombro, de pertenencia. Y no me refiero a la pertenencia que te da el nacer en un lugar, sino de esa pertenencia que sentís desde adentro, que heredaste de esos inmigrantes que te trajeron a Italia en sus relatos.

Estabamos yendo  a la “casa de la nonna”, no a la casa donde pasé los mejores años de mi infancia y juventud, sino, a la casa natal, donde comenzó su vida. Una vida dedicada a la familia, una familia que terminó de formar en Uruguay. Allí quedaron sus años felices, los años en los cuales, según siempre decía, no paraba de reír. Carmela de Perdifumo, a ella fui a buscar y ahí estaba, como lo imaginé. Estaba en todos lados, en cada rincón, libre como el viento, bella como siempre. Su gente, quienes recuerdan a esa joven Carmela trabajadora, cariñosa, que un día partió hacia el otro lado del océano persiguiendo un sueño, estaban allí. Yo les hablaba de mi nonna, de sus años en Uruguay, de sus sacrificios como esposa, madre y abuela; ellos me hablaban de una joven enamorada,inocente, que con mucho dolor se alejó de su familia para acompañar a su esposo a América.

Recorrimos el pueblo de Perdifumo, acompañados amablamente por mis familiares hasta ese entonces desconocidos. Fue un sueño hecho realidad, nunca imaginé que ibamos a conseguir llegar hasta ese punto perdido en el sur de Italia, ni tampoco tuve en cuenta la emoción que me generó pisar la tierra que pisaron mis nonnos, contemplar los olivares donde jugaban a ser novios, las montañas de caminos infinitos, el mar donde se bañaban cada verano, la fuente desde donde, montaña arriba, la nonna traía el agua para abastecer a su familia, la capillita donde se casaron, en fin, la magia de la simpleza de su pueblo. 

Todavía no lo creo, pero lo viví, y lo revivo con emoción cada vez que lo recuerdo. Si quieres conocerte de verdad, tienes que responder al llamado de tus raíces, no es una frase hecha, es el regreso al origen para entender porque estás donde estás y eres quien eres. Por eso, si tus raíces te llaman, ve!

Vista desde la casa del a nonna
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