De padres e hijos

Mejor no esperar a ser abuelos para empezar a ser padres, dicho de otro modo, resolvamos nuestros problemas como hijos, antes de decidir ser padres. Es utópico pensar que los hijos superan todas sus carencias afectivas como tales al convertirse ellos mismos en padres. La maternidad o paternidad, me inclino a creer, son construcciones sociales, basadas en un deseo de dar amor, de perpetuación del yo, pero nada que tenga que ver con instintos ni condiciones tan innatas.

Estos son momentos mundiales de deconstrucciones, las maternidades y paternidades no quedan al margen, por suerte. Ya no es “naturalmente esperable” que una mujer en edad fértil decida convertirse en madre, por el mero hecho de que aún sus óvulos aún se cuecen en el primer hervor. El tiempo y su sentencia sobre nuestras decisiones de vida nos van aflojando de a poco esa soga atada a nuestro cuello. Ser madre es una opción, se elige, por el motivo que sea, pero ser o no serlo, en Uruguay, es una cuestión de derechos adquiridos.

Entonces, ¿por qué tantas personas se lanzan a la aventura de la paternidad sin realmente sentirlo? Porque puede ser esperable que a los noveles padres de hace 40 años, el rol les cayó por decisión de sus parejas o alguna mala maniobra. Tampoco seamos tan pesimistas Gabriela, alguno que otro seguramente deseó y se conectó con su necesidad de traer hijos al mundo, me temo que los menos.

Hoy en pleno siglo XXI, ¿cómo es posible que niños y niñas lleguen a las aulas de la escuela con las heridas de un padre o madre que los abandonó? Con todas las posibilidades que hoy la ciencia y la ética nos aportan, siguen las escuelas llenas de alumnos y alumnas con el alma tapiada de heridas, conocedores precoces del dolor de la decepción, de la falta de afecto y empatía. Rehenes de chicanas de pareja, víctimas de represiones y desviaciones sexuales, expertos en manipulación y chantaje, ¿esos serán los futuros hombres y mujeres de nuestra sociedad?

Podría pensarse que los vientos de cambio que soplan en estas dos décadas del nuevo siglo volaron estas prácticas de convivencia siniestras, pero la mala noticia es que no es así. Luego nos sorprendemos de las conductas ansiosas y la falta de concentración de los más pequeños, ¿y que creían? ¿que las consecuencias no repercutirían en las pequeñas psiquis?

De esta forma es que existen adultos con heridas que no cicatrizan, de esas que al mínimo roce se abren y vuelven a sangrar. Un padre que vuelve a mentir, a decepcionar; que no termina de asumir su rol de protección, de contención, de escucha… ¿sigue siendo padre o simple progenitor proveedor?

Y aquí entra una de las preguntas que más se repite en mi cabeza: ¿qué significa ser padre o madre? Puedo parecer fría, y créanme que peco totalmente de ser lo opuesto, pero, ¿no estará sobrevalorado el rol de “ser padres”? Cuando digo sobrevalorado me refiero al hecho de que todos y todas quieren llevar esa etiqueta, pero escasas excepciones la llevan con mérito propio.

Tener un hijo, y hablo estrictamente como hija, no es “hacer crecer una panza” y seguir la cuenta. Tener un hijo no es reconocer y festejar, únicamente, las coincidencias físicas o de personalidad (herencias malditas a veces). No es sólo llevarlo a la cancha o darle el dinero para que compre lo que cree que necesita. Tener un hijo es hacerle sentir que nada malo va a pasarle mientras estés a su lado, y para ello hay que estar. Y no hablo de cantidad de horas, sino de lo otro, lo más difícil, lo que te da la categoría de padre o madre: la calidad de tu tiempo. Es triste indagar en décadas de vida y no encontrar ni una hora de calidad con tu padre, por más años que una tenga encima, duele. Porque sabes que el tiempo no vuelve atrás, que esos momentos quedaron esperando en la ilusión de esa niña, pero el tiempo no los supo esperar, y ese padre no los supo aprovechar.

Cuando te haces mayor y ves en tu padre todo lo que afectivamente no querés ser, es ahí que te invade una inmensa tristeza y compadecimiento contigo mismo, y con ese futuro anciano que se va dando cuenta de que te necesita, justo cuando vos te empoderaste y reconociste que ya no lo necesitas.

Tener un hijo es hacerlo sentir parte de tu vida, no de tus tiempos muertos. Tener un hijo es compartir tus miedos, tus fortalezas, tu ser. Tener un hijo es desvivirse por su felicidad, dejando de lado tus miserias, esas que sólo te afectan a vos, pero que te alejan de todo lo demás. 

Tener un hijo es…

Publicado por Gabriela Vecchio

Soy Gabriela Vecchio: compañera de vida, hija, hermana, tía, amiga. Estudié magisterio y ciencias de la comunicacion, me gradué en ambas disciplinas y en este momento de mi vida la escritura emergió como muestra de mi más auténtica versión. La labor docente me ha permitido desarrollar 20 años de experiencia en el ámbito de la educación de niños y niñas, logrando reconocer sus dificultades y potenciar sus fortalezas. Comparto con ustedes este espacio de reflexión e intercambio y, al mismo tiempo, desarrollo mi pasión por escribir y comunicar.

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