Segundas partes pueden ser muy buenas

Suena la alarma. De nuevo la melodía implacable que pone en marcha la rutina. Cinco minutos más, diez, y ¡a correr! La túnica planchada y colgada cerca de la cama desde anoche. Una mezcla de ansiedad y sueño toman el control de los sentidos, el aroma a pan tostado y café con leche son la antesala para lo inevitable: la vuelta a clases. ¿Dejavú? Revisada a la mochila antes de salir; los dientes cepillados, blancos como esa túnica que hacía meses no se usaba, y que ahora queda un poco corta de mangas. El gorrito para el sol fue sustituido por el de lana; una bufanda tapa al nuevo accesorio: el tapabocas. De Nacional, Peñarol, Spider Man, no importa, lo que sea por volver a la escuela y estar otra vez con los amigos. Los recreos de mancha y juegos de manos quedarán para más adelante. Así como también habrá que ser paciente para ese alfajor comido a medias, o el chupetín que se dona después del hartazgo. 

Toca el timbre. En la puerta, padres que despiden a sus hijos, invadidos por una melancolía con toques de alivio. Otros niños, llegan solos y con toda la ilusión de regresar a ese espacio donde se sienten iguales a los demás, donde tienen a alguien que les demuestra interés, que los espera en ese espacio que quizás sea el único en el que son protagonistas: la escuela. 

Aplicados los protocolos, todos a clase. Los pasillos de la escuela huelen a sanatorio, el alcohol invadió con su inconfundible presencia todos los universos olfativos. El tomar distancia del compañero vuelve como practica escolar, ahora, con una justificación sanitaria, más que de orden. Las sensaciones son contradictorias. Alegría por el reencuentro, pero sin tanta efusividad, es decir, sin contacto. Nuevos hábitos que despiden, por ejemplo, al clásico “copiarle” al compañero de mesa o darse vuelta y encontrar una mirada cómplice para ponerse a conversar. Estamos otra vez juntos, pero separados. Distancia social le llaman los especialistas, ¿utópico que la practiquen niños y niñas a quienes todavía la sociedad no termina de alienar? Pues, creo que sí.  

¿Cómo hace esa niña que tanto necesito ese abrazo de la maestra, para no acercarse a demostrarle que para ella su lugar en el mundo es la escuela? Conociendo con propiedad el sentir de una docente que se involucra con sus alumnos con todo su ser (acercándoles más que simples conocimientos curriculares), para mí: otra nueva utopía. 

Tal vez, este sea un año para replantearnos tantos y tantos conceptos arraigados en nuestra idiosincrasia. Nuevo comienzo de clases, nueva oportunidad para repensar que tipo de ciudadanos estamos formando, que expectativas tenemos de ellos y de su futuro “exitoso”. De sobra ha quedado demostrado, durante este tiempo de cuarentena, que la familia es la socializadora primaria. Todo lo que se haga o no se haga en el hogar, enseña más que nueve o diez meses de año escolar. El ejemplo de cómo afrontar situaciones tan extremas como una pandemia, y sus repercusiones en todos los ámbitos de la vida familiar, han sido maestrías de vida para muchos niños. La manera en que ese niño o niña sintió la protección de su entorno, se hará carne en ellos. Aprender a que “el otro” es tan importante como yo, y por eso es necesario cuidarlo; salirse de la burbuja y reconocer que hay muchas personas en situación de desigualdad social, así como también, que la resignación de muchos de nuestros deseos inmediatos nos hará más fuertes y tolerantes frente a las frustraciones que nos tiene preparada la vida, son invaluables conocimientos, sin fecha de vencimiento. Puede ser que el año próximo, la maestra tenga que volver a explicar cómo hallar el área del círculo, qué más da, este año nos dio la oportunidad de alcanzar saberes más tangibles y perennes. Sería oportuno que padres y madres sacarán el máximo provecho de esta segunda vuelta a clases.  

Hoy comienza una nueva oportunidad para acompañar los procesos de aprendizaje de los niños, pero sin tanta presión, sin tanta ansiedad. Es momento de dejar de lado resultados y enfocarnos en el camino que nos conduce a avanzar, de atender a las necesidades y carencias emocionales de los alumnos, y no a como resuelven situaciones con problemas inventados. Es este un excelente escenario para que todo el sistema educativo haga una introspección y se replantee sus metas. Vale plantearse la siguiente interrogante: ¿seguimos formando seres para que sean la futura mano de obra de un sistema capitalista, que lo trata como mercancía? Vuelve a presentarse el fantasma de la utopía y nos cuestiona: ¿será posible desarrollar prácticas educativas que valoren las habilidades emocionales, por encima de las técnicas?  

Tenemos la oportunidad de formar mujeres y hombres que mañana tendrán mayor autoestima, respeto por los demás y su entorno, seres que logren conectarse con sus emociones, las identifiquen y den lo mejor de sí, para vivir en paz con ellos mismos y quienes les rodean. Cambiar el paradigma se vuelve fundamental en un mundo que no para de cambiar, la educación emocional debería atravesar todo acto educativo, formal y no formal. Para ello, es imprescindible la formación docente en esta materia, así como el apoyo de otros profesionales que aporten toda su experiencia. Del mismo modo, necesitamos un cambio desde las expectativas familiares. Esto no significa dejar de incentivar al niño para que aprenda y avance en sus conocimientos académicos, al contrario, supone complementarlo con el desarrollo y estímulo a la expresión de sus emociones. Priorizar la educación emocional nos permitirá contar en el futuro con seres que desarrollen una capacidad de autoconocimiento y autoconfianza, tan profundas que, más que alumnos sobresalientes, los convertirán en hombres y mujeres plenos, sabios, con más de una definición posible para la palabra éxito.

Publicado por Gabriela Vecchio

Soy Gabriela Vecchio: compañera de vida, hija, hermana, tía, amiga. Estudié magisterio y ciencias de la comunicacion, me gradué en ambas disciplinas y en este momento de mi vida la escritura emergió como muestra de mi más auténtica versión. La labor docente me ha permitido desarrollar 20 años de experiencia en el ámbito de la educación de niños y niñas, logrando reconocer sus dificultades y potenciar sus fortalezas. Comparto con ustedes este espacio de reflexión e intercambio y, al mismo tiempo, desarrollo mi pasión por escribir y comunicar.

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