La educación encuarentenada: ¿un año perdido?

El confinamiento obliga a los alumnos a ausentarse físicamente de los centros educativos. Las familias adquieren otra dimensión en los aprendizajes de sus hijos, pero no todas cuentan con las mismas herramientas para ese rol; los docentes ponen a prueba su capacidad de adaptabilidad y de atención a la diversidad. Mientras tanto, llevamos casi dos meses viviendo esta realidad, y la ansiedad por sus posibles consecuencias en los aprendizajes de los alumnos viene en aumento.

Por Gabriela Vecchio

La pandemia provocada por el altamente contagioso coronavirus, descubierto hace apenas unos meses y causante de la enfermedad COVID-19, tiene a 4600 millones de personas confinadas en el mundo. El avance del conocimiento científico sobre este virus y la infección que provoca es muy lento. Se trata de un aprendizaje diario, caso a caso, pero que permite afirmar que la población más vulnerable frente al virus es la de los mayores de sesenta y cinco años, siendo los niños los menos afectados. Con el objetivo de evitar el contagio, y al no existir aún una vacuna que nos proteja de esta enfermedad, la Organización Mundial de la Salud propone seguir una serie de recomendaciones. La mayoría de los gobiernos del mundo adoptó como medidas adicionales: el distanciamiento social y el confinamiento en el hogar.

El aislamiento forzoso o voluntario, dependiendo de las decisiones de cada gobierno, es conocido en medicina como cuarentena. Adultos y niños estamos viviendo tiempos de cambios y sentimos vulnerada nuestra «normalidad», en cuanto a rutinas se trata. El trabajo, el entretenimiento, la salud, la educación, la vida familiar; ninguno de estos aspectos logró escapar a las transformaciones a las que los somete esta situación de emergencia. Es así que, por ejemplo, los centros educativos de todo el mundo cerraron sus puertas para que el virus no pasara, millones de alumnos y alumnas continúan sus trabajos escolares desde el hogar, a través del uso de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TICs).

¿ Estaba la educación uruguaya en condiciones de enfrentar una emergencia de tal magnitud?

En primer lugar, hay que destacar que ante la aparición de los primeros casos positivos de COVID-19 en Uruguay, las autoridades tomaron como medida preventiva el cierre de los centros educativos de todo el país. De este modo, unos 647000 estudiantes de educación primaria y media debieron abstenerse de concurrir a clases presenciales, y continúan hoy los cursos a través de internet.

Vale la pena agregar que una de las herramientas que facilita la implementación de esta nueva modalidad educativa, es el hecho de que desde el año 2007 Uruguay desarrolla un plan socioeducativo caracterizado por ofrecer conectividad educativa de informática básica para el aprendizaje en línea, conocido como el Plan Ceibal. Desde su concepción, fue presentado como un plan de inclusión e igualdad de oportunidades para lograr que niñas, niños y adolescentes desarrollen su potencial de aprendizaje, creatividad y pensamiento crítico, como ciudadanas y ciudadanos del siglo XXI.

De este modo, vemos que el terreno estaba listo para la implementación de aprendizajes a distancia, no obstante sería oportuno preguntarse: ¿están dadas las condiciones necesarias para que todos los alumnos obtengan el máximo provecho de estas tecnologías y puedan hacer frente a los desafíos de aprender en otro contexto que no sea el aula?

Frente a las adversidades, no todos pueden ponerse bajo resguardo

Por más que el Plan Ceibal asegure la conectividad y la tenencia de un equipo portátil a todos los alumnos de la educación pública, las realidades de los alumnos son muy diferentes entre si. Existen hogares donde, por ejemplo, no se cuenta con total alcance de dicha conectividad o los equipos están rotos y no pueden ser reparados, lo que obliga al alumno a esperar para poder acceder a algún tipo de dispositivo que le permita conectarse a su aula virtual.

Otro punto es la posibilidad de contar con el apoyo de adultos en casa. Está claro que quienes pueden se quedan en sus hogares, quienes no, intentan seguir con su antigua normalidad. Millones de personas en el mundo sufren los efectos de esta crisis que, no sólo es sanitaria, también es económica. Algunos tienen la fortuna de poder cuidarse y teletrabajar, mientras que otros no tienen más remedio que salir a darle pelea al virus en la calle, en el ómnibus, en su espacio laboral. Todavía más dura es la realidad de aquellos trabajadores que están haciendo uso del seguro de desempleo, o que directamente fueron despedidos.

Sin lugar a dudas, esto repercute en las posibilidades de esos padres y madres de acompañar positivamente el proceso de aprendizaje de sus hijos. Aún aquellos padres y madres que pueden teletrabajar, viven a diario las dificultades de la superposición de esta tarea con las actividades propias del hogar, por consiguiente, las tareas escolares no siempre pueden ser priorizadas.

La realidad docente

Maestros y profesores, por su parte, están rompiendo prejuicios, venciendo limitaciones y perfeccionándose en la educación en línea, a través de las plataformas que el Plan Ceibal tiene diseñadas. Preparan contenidos con el objetivo de construir aprendizajes con sus alumnos, a través de una pantalla y a la distancia. El rol docente nunca había sido tan cuestionado como hoy: ¿que enseñar?, ¿para qué y cómo?, ¿quiénes y qué aprenden?.

Asimismo, sienten que a la labor docente se le suman nuevas demandas, por un lado, la de las familias, en cuanto a periodicidad y calidad de las tareas propuestas, por otro, la presión que ejercen las autoridades de la educación para optimizar al máximo el alcance de las metas educativas planificadas para este año.

Se vuelve fundamental deconstruir el tradicional y protagónico rol del docente, aquel que lo colocaba exclusivamente como transmisor de conocimientos, a través de magistrales clases presenciales. En este espacio de virtualidad, hay que tener en cuenta que la concentración se logra por tiempos más cortos, los ritmos de aprendizajes son distintos, por lo que las propuestas de aprendizaje deben adecuarse, tal como advierte Carina Lion, investigadora y profesora universitaria argentina. Con respecto a los procesos de enseñanza-aprendizaje a través de internet, Lion afirma: «una cosa es el mejor medio y otra es la realidad». Reconoce las ventajas de contar con estas herramientas de educación a distancia, pero cree que la realidad de cada alumno es diferente y esto repercute en sus posibilidades de aprender, ya que la brecha digital profundiza la brecha social, a lo que agrega:

«…en la coyuntura que estamos viviendo, hay que buscar nuevos espacios de acercamiento, entender dónde están los estudiantes, cómo están pasando».

Continuando con esta línea de pensamiento, es fundamental que la educación formal adapte el modelo educativo y pedagógico a la actual realidad de los alumnos. Lo más importante es atender esas diferencias con mayor compromiso que antes, para seguir la lucha por no profundizar las desigualdades, sino, por el contrario, hacer de la educación un derecho para todos y todas. En definitiva, tal y como lo plantea el escritor francés Phillipe Meirieu:

« “hacer escuela” no es proclamar la igualdad de oportunidades, sino luchar por la igualdad del derecho a la educación».

¿ Cómo «hacer escuela» sin estar en la escuela?

La coyuntura global actual nos obliga a interpelar los propósitos educativos que se plantean en el aula presencial. Antes que nada, surge el desafío de llevar a la virtualidad el contrato que tácitamente queda firmado en el aula por cada uno de sus protagonistas, ese que nos hace sentir que estamos construyendo un espacio educativo compartido, donde la palabra tiene un valor insustituible, y el bien de uno se convierte en el bien de todos, donde se siente el apoyo y la presencia del otro.

La escuela tiene como obligación unirse y estrechar lazos de confianza con aquellas familias que, por diferentes razones, se encuentran más alejadas. Me hago eco de las palabras de Mierieu al plantear que no enseñamos cuando pretendemos llenar tiempos libres o mantener a los niños ocupados. En cambio, el verdadero desafío a la hora de enseñar es aunar esfuerzos para mantener el contacto con el mayor número posible de estudiantes, de manera regular y colectiva, profundizando y adaptando la enseñanza a las necesidades de cada persona. En pocas palabras, la razón de ser de la educación en línea no debería ser el desarrollo de interminables y estresantes tareas en casa para su posterior corrección por parte del docente. Existen elementos más enriquecedores entre sus cometidos, por ejemplo, el de favorecer una figura del docente como acompañante de nuestros estudiantes en todo su proceso de aprendizaje, estimular el trabajo en equipo entre docentes, familias y estudiantes, y contribuir a que sean ellos responsables de sus propios procesos de aprendizaje.

Así pues, se vuelve fundamental bajar los niveles de ansiedad y evitar estresar a los niños más de lo que la propia emergencia sanitaria lo hace. Esto es, ante un alumno que presenta grandes dificultades, de poco sirve aumentar la presión e imponer siempre «más de lo mismo» con la esperanza de que logre el objetivo buscado. Este empeño termina por ser contraproducente para los alumnos que necesitan otro tipo de apoyo, finalmente, proponer no «más de lo mismo», sino «algo más», tal como propone Phillipe Meirieu.

Simultáneamente, es necesario que a la hora del trabajo con los docentes, los padres que tengan la posibilidad de estar en el hogar, participen en la creación del ambiente más favorable para el trabajo. Además, es recomendable que las familias compartan otro tipo de actividades educativas con sus hijos, como cocinar, pintar o leer por placer. Teniendo en cuenta todo lo anteriormente mencionado, estamos en condiciones de afirmar que padres y madres tienen hoy una oportunidad única de reflexionar acerca de lo que están descubriendo sobre la forma que tienen sus hijos de relacionarse con el conocimiento y, de este modo, hacer una autocrítica sobre su rol como facilitador u obstaculizador del desarrollo de las potencialidades del niño.

Lo que la pandemia nos dejó

Ni los más habilidosos visionarios anunciaron que el mundo viviría una situación como la que nos sorprendió a todos en este 2020. De un día para el otro, nuestros hábitos, seguridades y planes sufrieron diversas transformaciones. Por su parte, los niños no quedaron al margen de esta realidad, el confinamiento de estos últimos meses será sin dudas una experiencia que quedará en sus memorias. Nuevas maneras de encontrarnos, de estar sin tocarnos, de ser un colectivo más allá de la presencia física. Mucho autoconocimiento o autodesconocimiento, la incertidumbre a cada minuto y la pregunta del millón: ¿qué pasará después?

Nos toca reinventarnos, poner a prueba nuestra fortaleza, descubrir qué somos y cómo somos cuando no corremos atrás de una rutina, cuando tenemos tiempo para no poder usar su falta como excusa, para extrañar las cosas que dábamos por descontado que estarían siempre en el mismo lugar, pero que ya no.

En cuanto a lo que refiere a la educación, cuyo fin último sabemos que es el desarrollo integral del individuo, debe encargarse de preparar a ese nuevo ser humano que en un futuro no muy lejano surgirá. Esta pandemia pone en evidencia el hecho de que en el proceso de enseñanza-aprendizaje, la figura del docente junto al apoyo familiar son insustituibles, ya que la tecnología por si sola no es suficiente para construir aprendizajes junto a los alumnos. El aprendizaje debe atender a la diversidad, crear nuevos espacios donde los currículos homogéneos y estrictos no puedan tener lugar en nuestros centros educativos. El alumno puesto en el centro del proceso educativo, acompañado de un docente que acompañe y facilite el andamiaje de los saberes, son las claves para una educación igualitaria. Este nuevo tiempo que a muchos nos obliga a parar, nos brinda, a su vez, la oportunidad de pensar en un nuevo paradigma sobre la educación, el rol docente y el rol alumno.

En conclusión, si logramos reconocer las oportunidades que se esconden en medio de tantas dificultades y capitalizamos las reflexiones y enseñanzas que este confinamiento nos propone, podemos decir que el tiempo no se nos fue, sino que fue aprovechado. Ganamos en tiempo de calidad, en acercamiento a la realidad de cada alumno y en el desarrollo de prácticas reflexivas enriquecedoras para el quehacer educativo. Es un año para poner el foco de atención en otras prioridades, atender exclusivamente a la evaluación de conocimientos académicos, y no de procesos personales y colectivos, nos pondría en el lugar de reproductores y no de constructores de conocimiento. Si lo pensamos desde la individualidad, es válida la sensación de sentir que los alumnos corren riesgo de perder el año, pero si lo analizamos desde la perspectiva de la construcción colectiva , el 2020 será un año ganado para la educación uruguaya.

Publicado por Gabriela Vecchio

Soy Gabriela Vecchio: compañera de vida, hija, hermana, tía, amiga. Estudié magisterio y ciencias de la comunicacion, me gradué en ambas disciplinas y en este momento de mi vida la escritura emergió como muestra de mi más auténtica versión. La labor docente me ha permitido desarrollar 20 años de experiencia en el ámbito de la educación de niños y niñas, logrando reconocer sus dificultades y potenciar sus fortalezas. Comparto con ustedes este espacio de reflexión e intercambio y, al mismo tiempo, desarrollo mi pasión por escribir y comunicar.

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